Hoy quiero contaros algo diferente: me hice mi primera prueba de esfuerzo. Y sí, no fue por gusto ni por postureo, sino porque quiero entrenar bien, sin hacer tonterías y sabiendo en qué punto estoy.
La prueba consiste básicamente en subirte a una cinta, cada vez un poco más rápido y con más inclinación, mientras te miden la frecuencia cardiaca, la tensión y cómo responde tu cuerpo al esfuerzo.
En mi caso, llegué hasta la etapa 3 del protocolo, con un total de 6 minutos de esfuerzo (que parece poco, pero creedme… se nota).
Lo que me dijeron:
- Mi frecuencia cardiaca en reposo está en un nivel normal.
- Alcancé un 82% de mi máximo teórico.
- La capacidad funcional me salió un poco por debajo de lo esperado para mi edad y sexo (alrededor de un 12% menos).
- Lo más importante: el corazón está bien. Sin arritmias, sin problemas eléctricos, nada raro.
Lo que significa para entrenar
Ahora ya sé más o menos mis zonas de frecuencia cardiaca:
- En qué rango puedo rodar tranquila (zona 2).
- Cuándo estoy trabajando más fuerte (zona 3).
- Y hasta dónde puedo apretar en intervalos (zona 4).
Esto es clave para entrenar con cabeza, sin matarme y sin quedarme corta.
Mi sensación personal
La verdad es que iba con un poco de miedo, porque no sabía cuánto iba a aguantar ni qué me iban a decir. Pero salí aliviada: no soy un portento físico (ya lo sabía), pero estoy apta y con margen para mejorar.
Y si alguna vez os lo planteáis, os diría que lo hagáis: es un chute de seguridad y motivación brutal. Entrenar con datos reales, sin inventarse zonas ni compararse con la de al lado.




Deja un comentario